Las instituciones científicas nacionales reiteran que resulta imposible prever la ocurrencia de un sismo, descartando la existencia de temporadas específicas y enfatizando la importancia de la preparación como única medida efectiva para mitigar riesgos.
Desmitificando patrones y predicciones
Organismos como el Centro Nacional de Prevención de Desastres, la Universidad Nacional Autónoma de México y el Servicio Sismológico Nacional concuerdan en que los terremotos son fenómenos impredecibles a nivel mundial. A pesar de que algunos eventos históricos de gran magnitud, como los de 1985 y 2017, coincidieron en el mes de septiembre, los especialistas insisten en que esto representa únicamente una casualidad estadística y no un patrón cíclico que permita anticipar futuros movimientos.
La alta frecuencia sísmica en el territorio mexicano se explica por su ubicación geográfica dentro del Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las áreas con mayor actividad tectónica del planeta. Esta condición es resultado del constante choque e interacción de varias placas, entre las que se encuentran las placas de Cocos, Norteamérica, Pacífico, Rivera y Caribe.
Regiones de mayor exposición y responsabilidad ciudadana
Los estados que registran una mayor actividad sísmica son Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Colima y Jalisco. Además, la Ciudad de México presenta una vulnerabilidad añadida debido a las características de su suelo, que tiende a amplificar las ondas sísmicas.
Ante la imposibilidad de predicción, las autoridades y expertos hacen un llamado a desestimar cualquier mensaje que anuncie un “sismo inminente”, calificándolo como información falsa que solo genera pánico colectivo y desinformación. La verdadera defensa reside en la preparación constante y la adopción de medidas preventivas.
Entre las acciones recomendadas se incluyen la conformación de una mochila de emergencia, la identificación de zonas seguras al interior de los hogares, la creación de un plan familiar de protección civil y la participación activa en los simulacros que se realizan periódicamente.
La conclusión central es que vivir en una zona de alta sismicidad no implica una vida bajo el miedo, sino bajo la responsabilidad. La diferencia entre el caos y una reacción adecuada ante una emergencia de esta naturaleza la marca el nivel de preparación e información con que cuenten las personas y las comunidades.

