Hace cien años, la venta de automóviles en México se basaba en el entusiasmo y el esfuerzo familiar, con vehículos exhibidos en la calle y locales rudimentarios, marcando el inicio de una industria que luego se consolidaría. La llegada de Ford al país en la década de 1920 fue impulsada por estos primeros distribuidores, quienes operaban desde espacios pequeños y a veces sin techo, lejos de las lujosas instalaciones actuales.
Distribuidores pioneros y su entorno
Según se documenta en el libro ‘Ford de México, 1925–2025’ de José Luis Trueba Lara, estos comerciantes fueron fundamentales para el arraigo de la marca. A pesar de enfrentar desafíos como la Gran Depresión de 1929 y la escasez durante la Segunda Guerra Mundial, muchos de estos negocios familiares lograron perdurar en el tiempo.
Fotografías de la época, como una de la distribuidora de la familia Sánchez en Toluca en 1919, muestran cómo se vendían automóviles directamente en la vía pública, complementando la actividad con la venta de gasolina y refacciones en un local modesto. Otra imagen captura una agencia en el centro histórico de Morelia alrededor de 1938, promocionando el entonces novedoso Mercury Eight.
Evolución y organización del sector
La formalización de la red de distribuidores comenzó tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Primero se creó la Asociación de Distribuidores de Automóviles y, posteriormente en 1950, el Consejo Nacional de Distribuidores Ford y Lincoln-Mercury. Estas organizaciones sentaron las bases para lo que hoy es la Asociación Mexicana de Distribuidores Ford (AMDF), que actualmente agrupa a más de 120 agencias en el territorio nacional.
Un salto significativo en la modernización ocurrió a partir de la década de 1960, cuando Ford inauguró su planta de ensamble en Cuautitlán. Esto permitió a las agencias vender vehículos fabricados localmente y mejorar sus instalaciones, atrayendo a nuevos empresarios y consolidando la red de distribución en las décadas siguientes.

